Si queréis ver a Murillo en vivo, este fin de semana tenéis varias ciudades españolas donde sentaros frente a un óleo que lleva casi cuatro siglos en pie. Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617-1682) fue el pintor sevillano del Barroco español que retrató niños de la calle, vírgenes con luz dorada y escenas religiosas de un naturalismo poco habitual en su tiempo. En Winegogh proponemos rutas de arte y planes culturales que podéis hacer en fin de semana, y hoy os contamos dónde encontrarlo sin salir de España.
La mayor parte de su obra se concentra en Sevilla, Madrid y museos europeos. Nosotros vamos a centrarnos en lo que está a un tren o un coche de distancia para el próximo sábado o domingo. Nada de horarios concretos: esos cambian cada temporada. Os decimos el museo, el barrio y qué cuadros mirar, y vosotros comprobáis apertura y reserva en la web de cada sitio antes de ir.
En esta página
- ¿Qué pintó Murillo y por qué sigue llenando salas?
- Visitar museos con Murillo en Sevilla
- ¿Qué obras de Murillo se pueden ver en el Prado?
- Planes en Barcelona y Valencia con arte barroco
- Inmaculadas, niños de la calle y santos: el estilo de Murillo
- El contexto histórico: Sevilla en el Siglo de Oro
- La fama internacional de Murillo: del XVIII a nuestros días
- Rutas de fin de semana con arte, gastronomía y callejeo
- Preguntas frecuentes
¿Qué pintó Murillo y por qué sigue llenando salas?
Murillo pintó sobre todo para conventos e iglesias de Sevilla. Su encargo más habitual: inmaculadas, santos franciscanos, escenas del Nuevo Testamento y, lo que lo distingue, niños pobres en plena calle. Esos niños —un mendigo comiendo melón, dos chavales jugando a los dados— no eran alegorías, sino chavales como los que podían verse en las calles de la Sevilla del siglo XVII. Ese realismo sin condescendencia, sumado a una luz envolvente que suaviza los contornos, convirtió sus cuadros en referencia del Barroco europeo.
Murillo fue uno de los pintores españoles más apreciados fuera de España entre el siglo XVIII y principios del XIX. Según la ruta de Turismo de Sevilla, durante el Romanticismo se hicieron numerosas copias de sus obras, que se vendían como auténticos «Murillos» a los extranjeros que visitaban España.
Hoy sus obras están repartidas entre Sevilla, el Prado, el Hermitage, la National Gallery de Londres y museos norteamericanos. Aquí nos quedamos con lo que podemos ver en España este fin de semana sin cruzar el Atlántico ni pagar billete de avión.
Visitar museos con Murillo en Sevilla
Sevilla es la ciudad de Murillo. Según la ruta de Murillo de Turismo de Sevilla, el pintor fue bautizado en la parroquia de la Magdalena el 1 de enero de 1618, pasó la mayor parte de su vida en la ciudad y murió en 1682, meses después de sufrir una caída mientras pintaba el retablo de los capuchinos de Cádiz. La mayor concentración de obra suya está en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, en la Plaza del Museo. Allí cuelgan, entre otras, la Inmaculada Concepción del convento de San Francisco, la Virgen de la Servilleta (pintada para los capuchinos de Sevilla; su nombre viene de una leyenda) y varias escenas franciscanas de gran formato.
En la Catedral de Sevilla, en pleno centro, podéis ver la Visión de San Antonio de Padua, en la capilla de San Antonio: merece que os detengáis delante un buen rato. Y si queréis caminar por su barrio, el de Santa Cruz, os lo contamos más abajo.
Comprobad horarios de museos y monumentos en la web oficial de turismo de Sevilla antes de ir, porque las aperturas cambian en Semana Santa, verano y festivos locales.
¿Qué obras de Murillo se pueden ver en el Prado?
El Museo del Prado conserva una colección amplia de Murillo, aunque no todas las obras están expuestas a la vez. Lo primero que buscaríamos: El Buen Pastor y los lienzos de gran formato de la serie de la Fundación de Santa María Maggiore, que narran el episodio de la nevada en Roma.
También está allí una de sus inmaculadas más conocidas, la llamada Inmaculada de Soult, que el mariscal francés se llevó durante la invasión napoleónica y que España recuperó en 1941. La luz dorada, los querubines suspendidos y la Virgen adolescente mirando al cielo resumen el estilo maduro de Murillo con una claridad notable.
Si vais un fin de semana a Madrid, podéis combinar el Prado con una visita al Museo Reina Sofía o al Museo Thyssen, que están a pocos metros. En el eje del Paseo del Prado se concentra pintura barroca, renacentista y moderna a pocos minutos a pie entre un museo y otro. Consultad horarios y reservas en la ficha del Prado en la web de turismo de Madrid antes de ir.
Planes en Barcelona y Valencia con arte barroco
En Barcelona no buscaríamos a Murillo: el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), en Montjuïc, es conocido sobre todo por su románico catalán, aunque también tiene una sección de Renacimiento y Barroco, y la subida merece la pena por sí sola. Desde allí podéis bajar hacia los barrios de Barcelona que concentran galerías de arte contemporáneo y terrazas con vistas: el Raval, el Gòtic y el Born están a un cuarto de hora en metro.
En Valencia, el Museo de Bellas Artes de València cuenta a Murillo entre los maestros de su colección, y la ciudad mezcla pintura barroca con propuestas contemporáneas. Si pasáis el fin de semana por allí, el IVAM y el barrio del Carmen ofrecen galerías, talleres y un ambiente que recuerda que el arte no es solo cosa de museos nacionales. Y si os sobra tarde, la albufera de Valencia queda a media hora: arrozales, puesta de sol y paisaje de huerta lejos del bullicio urbano.
Inmaculadas, niños de la calle y santos: el estilo de Murillo
Las inmaculadas resumen la técnica de Murillo: composición piramidal, luz cenital que envuelve la figura, querubines en degradado que se pierden en la nube, rostro adolescente con mirada al cielo. Pintó muchas versiones a lo largo de su vida, y casi todas repiten la misma estructura: la Virgen de pie sobre una media luna, manos cruzadas o separadas, manto azul, túnica blanca o rosa, cabeza inclinada. El modelo iconográfico respondía a la defensa de la creencia en la Inmaculada Concepción, una devoción que la Iglesia de la Contrarreforma promovía con especial fervor frente a los protestantes, aunque el dogma no se proclamaría oficialmente hasta 1854.
Los cuadros de niños pobres —género que los historiadores del arte llaman «escenas de infancia» o «cuadros de género»— son los que más sorprenden al público actual. Niños comiendo uvas y melón, Niños jugando a los dados o Vieja espulgando a un niño muestran a chavales descalzos, harapientos, comiendo fruta en un portal o buscándose piojos al sol. No son cuadros moralizantes ni didácticos. No hay lección ni castigo. Solo un momento captado con la misma dignidad pictórica que una Inmaculada o un San José.
La luz envolvente y la técnica barroca
Murillo desarrolló una técnica propia que combina el naturalismo tenebrista de sus primeros años con una luz dorada y envolvente que suaviza los contornos. A diferencia de Zurbarán o Ribera, que usan el claroscuro violento de Caravaggio, Murillo prefiere la luz difusa, sin fuente aparente, que baña toda la escena. Esa luz crea atmósfera, integra las figuras en el espacio y genera una sensación de cercanía que atrae al espectador.
Su paleta es cálida: ocres, rosas, azules suaves, blancos cremosos. Usa veladuras finas para modelar los rostros y las telas, y deja pinceladas más sueltas en los fondos y las nubes. Esa combinación de detalle en las figuras principales y soltura en el entorno anticipa lo que harán pintores del XVIII como Goya en sus cartones para tapices.
Diferencias con Zurbarán y Ribera
Murillo, Zurbarán, Ribera y Velázquez representan distintas vías del Barroco español del XVII, y los cuatro tienen obra en el Prado y en museos andaluces. Pero cada uno tiene un estilo inconfundible. Zurbarán es austero, duro, tenebrista: luz de foco, fondos negros, telas blancas con pliegues geométricos. Pinta monjes, santas mártires, bodegones de cacharros de cocina. Todo en silencio, todo en penumbra.
Ribera, valenciano afincado en Nápoles, es dramático y carnoso: piel arrugada, barbas de viejo, martirios con sangre, santos penitentes con el torso desnudo. Usa el claroscuro al modo de Caravaggio, con contrastes violentos entre luz y sombra. Sus cuadros huelen a sudor y a tierra.
Murillo, en cambio, es suave. Usa luz envolvente, no focal. Sus sombras son degradados, no manchas negras. Los rostros son jóvenes, los gestos serenos, las composiciones equilibradas. Incluso cuando pinta pobreza, la luz es cálida. Es el Barroco sin estridencia, el naturalismo sin tremendismo. Por eso gustó tanto fuera de España: no asustaba, no incomodaba. Mostraba lo real con una belleza accesible.
El contexto histórico: Sevilla en el Siglo de Oro
Murillo nació en Sevilla en 1617 y murió en la misma ciudad en 1682. Esos años coinciden con la segunda mitad del Siglo de Oro español, un periodo en el que la monarquía hispánica estaba en plena decadencia política y económica pero vivía una efervescencia cultural notable. Velázquez pintaba en la corte de Felipe IV, Calderón escribía autos sacramentales y Zurbarán despachaba series de santos para conventos americanos.
Sevilla era entonces la puerta de América: por el Guadalquivir entraban oro y plata de las Indias, y salían encargos artísticos para Lima, México y Quito. Murillo trabajó sobre todo para instituciones religiosas sevillanas —franciscanos, capuchinos, la Catedral— y apenas salió de Andalucía. No viajó a Italia, no fue pintor de cámara. Su formación la hizo en Sevilla, con Juan del Castillo, y la mayor parte de su trayectoria transcurrió en la ciudad, salvo desplazamientos puntuales como el que acabó con su caída en Cádiz.
Ese arraigo local explica por qué sus niños de la calle son tan reconocibles: no son modelos idealizados al modo italiano, sino chavales de la calle de la Sevilla de su tiempo. Murillo los pintó con la misma luz envolvente que usaba para las vírgenes, pero sin quitarles la mugre ni el gesto. Eso gustó en Europa y sigue funcionando hoy: vemos pobreza sin paternalismo, ternura sin edulcorante.
La Iglesia y los encargos religiosos
Sevilla en el siglo XVII era una ciudad de conventos, iglesias y hermandades. La Iglesia era el principal cliente de los pintores, y los encargos giraban en torno a retablos, series de santos y cuadros devocionales para capillas privadas. Murillo trabajó para franciscanos, capuchinos, agustinos y para la Catedral. Su clientela era casi exclusivamente religiosa, aunque también pintó para coleccionistas privados, sobre todo los cuadros de niños de la calle.
La Contrarreforma marcaba la agenda iconográfica: había que defender visualmente las creencias y devociones católicas frente a las críticas protestantes. La devoción a la Inmaculada Concepción, el culto a la Virgen, la intercesión de los santos, la presencia real de Cristo en la Eucaristía: todo eso debía quedar claro en las imágenes. Murillo supo traducir esa exigencia teológica en cuadros accesibles, emotivos, sin estridencias. Por eso tuvo tanto éxito en Sevilla y, luego, en toda Europa católica.
La economía del arte en la Sevilla del XVII
El mercado del arte sevillano funcionaba por encargo. Los conventos firmaban contratos que especificaban tamaño, iconografía, plazo de entrega y, a veces, el número de figuras. Un retablo grande podía ocupar al pintor y su taller durante meses. Los precios variaban según la complejidad: un cuadro de devoción pequeño se pagaba menos que un ciclo de santos para una iglesia. Murillo, a diferencia de Velázquez, no tuvo sueldo fijo de la corona; vivía de los encargos y de la venta de obra a coleccionistas.
Ese modelo comercial explica la abundancia de inmaculadas y santos franciscanos en su catálogo: eran encargos que se repetían porque los conventos los demandaban. También explica la existencia de su taller, donde ayudantes y aprendices colaboraban en los fondos y las zonas secundarias mientras el maestro se reservaba los rostros y las manos. Esa práctica, habitual en el Barroco, hace difícil atribuir algunas obras con certeza.
La fama internacional de Murillo: del XVIII a nuestros días
Murillo nunca salió de España, pero su obra sí. A lo largo del siglo XVIII, sus cuadros empezaron a circular por Europa gracias a viajeros y coleccionistas que se interesaron por la pintura española. La invasión napoleónica de 1808 aceleró ese proceso: generales franceses, con el mariscal Soult a la cabeza, se llevaron numerosos cuadros, muchos de ellos de Murillo. Algunos se recuperaron, como la Inmaculada de Soult; otros siguen en museos extranjeros.
Esa exportación convirtió a Murillo en uno de los pintores españoles más conocidos en Europa durante el siglo XVIII y buena parte del XIX. Murillo se copiaba, se reproducía, se imitaba. Sus inmaculadas tuvieron eco en el gusto religioso del Rococó y sus niños de la calle encontraron continuidad en el Romanticismo social de mediados del XIX.
La crítica moderna y la reivindicación actual
Durante el siglo XIX, Murillo fue objeto de un debate estético que marcó su reputación hasta hoy. Los románticos lo admiraban por su ternura, su luz y su capacidad de emocionar sin estridencias. Pero a finales del XIX, con la llegada del Realismo y las vanguardias, se le empezó a acusar de blando, dulzón, complaciente. Velázquez, con su técnica suelta y su mirada sin concesiones, se convirtió en el modelo; Murillo quedó relegado a un segundo plano.
En las últimas décadas, sin embargo, se ha revisado su figura. Exposiciones como la de sus autorretratos, en la Frick Collection de Nueva York y la National Gallery de Londres entre 2017 y 2018, han vuelto a poner el foco en su pintura, en su mirada sobre la infancia y la pobreza, en su papel como puente entre el Barroco español y el gusto europeo del XVIII. Hoy se le estudia no solo como pintor religioso, sino como cronista visual de la Sevilla del XVII y como maestro de la luz envolvente que anticipa el Rococó.
Murillo en los museos internacionales
Fuera de España, hay obra destacada de Murillo en el Hermitage de San Petersburgo, la National Gallery de Londres, el Louvre de París y varios museos norteamericanos, como el Metropolitan de Nueva York y la National Gallery de Washington. El Hermitage conserva un conjunto destacado de obras atribuidas al pintor sevillano.
La dispersión de su obra refleja la historia del coleccionismo europeo: guerras, desamortizaciones, ventas forzosas. La invasión napoleónica fue especialmente devastadora para el patrimonio español. Muchos cuadros de Murillo salieron de conventos e iglesias de Sevilla durante la ocupación francesa y nunca volvieron. Esa pérdida explica que hoy sea más fácil ver un Murillo en Londres o en San Petersburgo que en algunas ciudades españolas.
Rutas de fin de semana con arte, gastronomía y callejeo
Si queréis organizar un fin de semana con Murillo como hilo conductor, el plan más completo es Sevilla: dos días dan para el Museo de Bellas Artes, la Catedral, un paseo por el barrio de Santa Cruz (donde vivió), tapeo por Triana y visita al Hospital de los Venerables, para el que Murillo pintó la Inmaculada que hoy cuelga en el Prado. Nosotros iríamos en primavera u otoño: calles estrechas con sombra, terrazas junto al Guadalquivir, luz de tarde que parece salida de un cuadro barroco.
El plan Madrid también funciona: Prado por la mañana (contad un par de horas solo para las salas de Murillo, Velázquez y Goya), vermut en el barrio de las Letras, tarde en el Reina Sofía o el Thyssen. Madrid concentra tanta pintura del Siglo de Oro que podéis pasar un fin de semana entero sin repetir sala. El barrio de las Letras, entre el Prado y la Puerta del Sol, tiene calles con nombres de escritores del Siglo de Oro y locales de vermut y tapas que funcionan bien antes o después de la visita al museo.
Barcelona es más excusa que destino para Murillo, pero el MNAC merece la subida a Montjuïc. Desde allí podéis bajar hacia el Raval o el Born, zonas con galerías contemporáneas, locales de vermut y un ambiente que mezcla arte, terraceo y callejeo sin prisas. Si os gusta mezclar épocas —un barroco sevillano por la mañana, una exposición de fotografía contemporánea por la tarde—, Barcelona lo pone fácil.
Qué ver en Sevilla además de los museos
Sevilla no es solo Murillo. Si vais a pasar el fin de semana allí, aprovechad para recorrer el barrio de Santa Cruz, con sus calles estrechas, patios con azulejos y plazas con naranjos. Desde allí podéis llegar andando a la Catedral y la Giralda, al Alcázar y al Archivo de Indias, que guarda documentos de la conquista y colonización de América.
El barrio de Triana, al otro lado del Guadalquivir, es ideal para tapear y tomar vermut por la tarde. Es un barrio de larga tradición flamenca, y todavía quedan tablaos y peñas donde se canta y se baila sin artificio. Si os gusta el arte contemporáneo, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo está en el monasterio de la Cartuja, a un paseo del centro, y tiene exposiciones temporales interesantes.
Madrid: museos, parques y mercados tradicionales
Madrid concentra museos, pero también barrios con terrazas, mercados y zonas de vermut que encajan bien en un fin de semana cultural. Desde el Prado podéis caminar hasta el Retiro, entrar por la Puerta de Felipe IV y llegar al Palacio de Cristal, un pabellón de hierro y vidrio que el Reina Sofía usa para instalaciones contemporáneas. El paseo por el estanque, los jardines de Cecilio Rodríguez y la rosaleda luce más si vais en primavera u otoño.
Madrid también tiene mercados tradicionales que merecen una visita: el de San Miguel (turístico pero bien montado), el de San Antón (más local, en Chueca), el de Antón Martín (muy de barrio, con puestos de toda la vida). Y si os gusta el arte del XIX y principios del XX, el Museo Sorolla, en un palacete con jardín, es una buena parada: cuadros luminosos, patios con azulejos y una atmósfera que contrasta con el bullicio del Prado.
Si queréis seguir explorando propuestas de arte, gastronomía y planes culturales en otras ciudades de España, en Winegogh encontraréis rutas por barrios históricos, museos y escapadas de fin de semana que combinan pintura, vino y callejeo sin prisas.
Preguntas frecuentes
¿Dónde hay obras de Murillo en España?
Una parte importante de la obra conservada de Murillo está en España, repartida entre el Museo del Prado, el Museo de Bellas Artes de Sevilla, la Catedral de Sevilla y otras iglesias y colecciones andaluzas. El resto se encuentra en museos de Londres, San Petersburgo, Múnich, París y Estados Unidos.
¿Murillo pintó algo fuera de temas religiosos?
Sí. Aunque la mayoría de su producción es religiosa —inmaculadas, santos, escenas del Nuevo Testamento—, Murillo pintó también cuadros de género: niños pobres, vendedores callejeros, escenas cotidianas. Estos cuadros no tenían encargo eclesiástico; se cree que los hizo para coleccionistas privados o por iniciativa propia. Son los que más interesan al público actual.
¿Por qué Murillo fue tan apreciado en el siglo XVIII y luego perdió prestigio?
Murillo fue uno de los pintores españoles más apreciados en Europa durante el siglo XVIII y buena parte del XIX. Sus inmaculadas y sus niños de la calle se ajustaban al gusto rococó y romántico: belleza accesible, emoción contenida, sin estridencias. Con la llegada del Realismo y las vanguardias, se le acusó de blando y complaciente. Velázquez, Goya y El Greco le ganaron terreno. Hoy se le reivindica por su técnica y por ese realismo social avant la lettre.
¿Dónde puedo ver la Virgen de la Servilleta?
La Virgen de la Servilleta está en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. La pintó para los capuchinos de Sevilla, y su nombre viene de una leyenda: se cuenta que la hizo sobre una servilleta del convento. Resume la técnica madura del pintor: luz envolvente, rostro dulce, composición sencilla y eficaz.
¿Qué relación tiene Murillo con Velázquez?
No consta que Murillo y Velázquez colaboraran. Velázquez trabajaba para la corte; Murillo, para conventos e iglesias. Técnicamente son opuestos: Velázquez es suelto, rápido, casi impresionista; Murillo es cuidadoso, envolvente, detallista. Ambos son figuras centrales del Barroco español, pero por caminos distintos.
¿Cuál es el cuadro más conocido de Murillo?
Probablemente la Inmaculada de Soult (Museo del Prado), por su historia —se la llevó el mariscal Soult durante la invasión napoleónica y volvió a España en 1941— y por su frecuente reproducción en publicaciones y materiales divulgativos. Pero Niños comiendo uvas y melón y El Buen Pastor también tienen un reconocimiento visual inmediato. Cada museo tiene su favorita; nosotros nos quedamos con los niños comiendo fruta por ese equilibrio entre ternura y verdad.
